Despertó cuando el sol comenzó a filtrarse entre las hojas del árbol bajo el que se había guarecido y comenzó a caerle sobre los ojos.
Se frotó los ojos para aclararse la vista, y bostezó. Al instante se sobresaltó, pues escuchó un gruñido profundo y gutural que venía de muy cerca. Instantes más tarde se dió cuenta de que no se trataba de ninguna bestia, sino de su propia voz. Inmediatamente se miró las manos y las vió grandes, con algo de vello en el dorso. Su mirada recorrió a continuación los brazos, anteriormente finos y suaves, y ahora grandes y recubiertos de pelo por todas partes. ¡Hasta en la cara interna del antebrazo!
Miró hacia abajo, palpándose el cuerpo. Definitivamente, era diferente. Había cambiado… El hechizo de la dríade había surtido su efecto y ahora era un hombre.
Al verse dentro de aquel cuerpo grande, torpe, sin rastro alguno de gracia o sutileza, estuvo a punto de echarse a llorar. Por suerte, recordó justo a tiempo que ya nunca más podría derramar una lágrima y que, además, eso era lo que ella había querido. Ahora podía cumplir su sueño y tener hijos. El precio a pagar era alto, pero merecía la pena. Ahora no podía arrepentirse ni detenerse a pensar en lo que había hecho. Tan sólo podía continuar hacia adelante y hacer que su sacrificio mereciera la pena.
Lo primero era saciar el hambre y la sed. Los humanos no lo sentían como las ninfas, y estaba claro que ya nunca más iba a poder alimentarse del rocío y la luz de la luna. Por suerte, muy cerca de allí había un río, por lo que el asunto de la sed iba a ser fácil de solucionar.
Caminó hasta la rivera, pero antes de inclinarse a beber, se detuvo a observar su reflejo en el agua. ¡Que extraño! Era como si estuviese viendo a su hermano, en lugar de a si misma… a si mismo. Debía acostumbrarse a pensar que ahora era un hombre y actuar como tal.
Los rasgos de su rostro no eran tan bastos como creía que serían, aunque al pasar la mano notó el tacto áspero de la barba incipiente. La nariz era demasiado grande, y las facciones, demasiado duras. Pero seguía siendo la misma persona. Nada en su interior había cambiado, y nada en su exterior cambiaría en el futuro. Ese era el que ahora era. No tenía sentido darle más vueltas al asunto.
Una vez saciada la sed y la curiosidad, comenzó a preocuparse por calmar el hambre. No tenía muy claro como lo hacían los humanos, aunque los había visto en brutales cacería, y también, a lo lejos, abriendo la tierra con herramientas de hierro para hacer crecer las plantas adecuadas o alimentando animales que, por algún motivo, aunque vivían privados de libertad, no parecían insatisfechos.
Lo mejor sería caminar hasta encontrar a algunos humanos de los que aprender. Esa era la clave de la cuestión, aprender a comportarse como un humano. Y, como cualquier otro animal, seguramente los humanos intentaban establecerse cerca de las fuentes de agua, por lo que, probablemente, no tendría más que seguir el río para dar con algún asentamiento.
No se equivocaba. Hacia el medio día localizó una pequeña aldea construida con casas de paredes y techos de abobe encalado. ¿Y ahora qué debía hacer? Puesto que no lo sabía muy bien, decidió preguntar a la primera persona que encontrase.
Quiso la casualidad que fuese una muchacha joven, de unos dieciocho años, de cabellos oscuros y mirada bondadosa. Juliama… perdón… Julián no pudo evitar mirar con envidia su rostro suave, sin rastro de barba, la cintura estrecha, los movimientos gráciles… todo aquello que él no iba a tener de nuevo.
Tras un momento de duda, se sobrepuso y se acercó a ella.
Juliama, ahora llamada Julián, caminó sin rumbo, alejándose más y más del lugar en el que había nacido y crecido, del lugar en el que había llorado tantas veces. Caminó bajo la cada vez más tenue luz del ocaso, y luego bajo la luz, aún más tenue, de la luna y las estrellas. Encontró un camino humano, como una vena artificial que cruzaba la tierra y lo siguió, sintiendo bajo sus pies la tierra desnuda, en la que la hierba y la vida había sido aplastada por el paso de los carros y los animales domésticos.
– No… nada de eso. Tan sólo debes desearlo de todo corazón. Peros se trata de una elección muy difícil, y que no tiene vuelta atrás, de modo que tienes que pensártelo muy bien. Una vez que estés segura, escoge un nuevo nombre de varón, pronúncialo tres veces a la puesta de sol, y abandona este bosque durante esa misma noche. La próxima vez que despiertes, la magia se habrá realizado. Sin embargo, hay un precio.
