Reencuentro
22 ene 2012 1 comentario
in Cuentos muy cortos Etiquetas: Amor, FtM, Transexualidad
Raquel pidió un café con leche y se dispuso a esperar. Era invierno, y en las calles de Granada hacía mucho frío, pero el interior de la cafetería estaba caldeado. Los abrigos de los otros clientes se apilaban en los respaldos de sus sillas, formando montañas de paño y lana.
Cinco minutos más tarde, se le acercó un hombre de sonrisa tímida y la llamó por su nombre. Aunque no lo reconoció, enseguida supo que era la persona a quien estaba esperando. Se saludaron cariñosamente con dos besos y tomaron asiento.
Mientras intercambiaban las frases de rigor entre dos personas que hace mucho tiempo que no se ven, Raquel escudriñaba el rostro de su interlocutor. Era una cara de facciones finas pero muy masculinas. Jaime era rubio, aunque tenía el pelo más oscuro que cuando se conocieron, y presentaba unas pronunciadas entradas. Tenía barba. Su tono de voz era grave. Cuando sonreía, alrededor de sus ojos se dibujaba un abanico de finas arrugas.
Jaime había sido su primer amor, la persona que le había dado el primer beso, pero en aquel entonces no se llamaba Jaime, sino Cristina. De aquello ya habían pasado veinte años, y no se habían visto desde entonces. Se habían reencontrado gracias a una red social de Internet.
Raquel trataba de buscar en el rostro del hombre que tenía delante algún rastro de la muchacha que había conocido tiempo atrás, pero era como si hubiese sido eliminada de aquel cuerpo de forma deliberada, metódica e implacable. Tal vez Jaime había usurpado por completo el cuerpo y el alma de Cristina, dejando de ella tan solo los recuerdos.
Fue al mirarle a los ojos cuando por fin logró reencontrarse con su viejo amor de la adolescencia. Tenía la misma expresión aguda, inteligente y un poquito sorprendida que ella había conocido veinte años atrás. Suspiró aliviada.
Hablaron de los viejos tiempos, de por qué se les acabó el amor. En aquel entonces ambos habían sufrido mucho, pero ya daba igual. Ahora podían hablar de ello tranquilamente y sin rencor. Hasta podían reírse. Sin embargo, había algo que aún después de tanto tiempo inquietaba a la Raquel.
- Siempre quise tocar tu pecho y tu espalda, pero nunca te quitabas aquella venda tan apretada, que no se ni cómo podías respirar. Me habría gustado abrazarte, acariciarte, besarte… haber estado solos, tú y yo, sin esa horrible venda de por medio.
Jaime levantó la mirada, recordando el pasado, y su expresión se volvió pensativa. Raquel acababa de tocar un punto sensible en su interior.
- No podía hacer otra cosa – dijo al fin -. Odiaba tanto mi cuerpo… me avergonzaba tanto, que no soportaba la idea de que nadie me viese desnudo. Ni siquiera me podía mirar yo mismo en un espejo… Después me hice la mastectomía y ya no necesito vendas.
- Nosotros no teníamos una relación heterosexual, pero tampoco lésbica – respondió Raquel. De repente ella también se sentía triste -. Yo sabía que eras un hombre, aunque tú no me lo dijiste. Y a mí sí que me gustaba tu cuerpo, no necesitabas ocultármelo. Siempre me preguntaba por qué insistías en esconder una parte de ti. Había un lugar en tu alma, y un lugar en tu cuerpo, a los que no podía llegar ¡Y era sólo por esto! – Las manos de Raquel se levantaron, con las palmas hacia arriba, como si tratasen de acoger en ellas la esencia entera del hombre que tenía enfrente -. Ojala me lo hubieses dicho entonces.
Jaime y Raquel estuvieron charlando durante dos horas más y se separaron prometiendo volver a verse en unos días. Cuando se despidieron, Jaime se quedó con las ganas de coger las manos de su amiga, pedirle disculpas e invitarla que le tocase tanto como quisiera. Sin embargo ya era tarde. Veinte años tarde.
Alguien
16 ene 2012 Dejar un comentario
in Poesía
No sabía qué debía ser
y fui sólo alguien que juega
alguien que lee,
alguien que cuida de otro alguien.
Cuando me dijeron que era
alguien que yo no sabía ser
me convertí en alguien que llora,
en alguien que está solo,
en alguien que se siente torpe,
en alguien que no encuentra
un lugar en el que estar.
Por fin aprendí cual era mi sitio
y logré ser la hija de alguien,
la novia de alguien,
la amiga de alguien,
alguien asustado por si logra
descubrir quién es en realidad.
Era alguien fingiendo ser otra persona
hasta que ya no pude fingir más.
Entonces fui alguien que derribó
todo lo que había sido.
Y me dijeron que soy valiente,
que soy un loco y un enfermo,
que soy alguien que huye,
que merezco ser feliz.
Sin embargo todo es mentira.
Tan solo soy alguien que escribe,
alguien que aprende,
alguien que ama y llora,
alguien que sonríe a sus amigos,
tan solo soy quien quiero ser
y no comprendo por qué es tan difícil.
Nuevamente sin internet
15 dic 2008 Dejar un comentario
in General
No es que me haya quedado sin ideas, o me haya olvidado de este blog. Es sólo que estoy sin internet y por eso no puedo postear más que desde cybercafés o desde la casa de mis padres.
¡¡¡Pero volveré pronto!!!
La maldición de Victoria (y 8)
04 nov 2008 Dejar un comentario
in Victoria Etiquetas: bruja, cuento, hadas, maldición
- ¿Veis a aquella doncella de allí? – preguntó el pastor -. Acercaos, pero con disimulo, que no os descubra, por favor.
El caballero bajó del caballo e hizo como el joven le indicaba. En seguida vio a Victoria sentada sobre la piedra plana, junto al lago.
- ¿A que es preciosa? – dijo el muchacho con ternura -. Veréis, en toda mi vida jamás he hablado con ella, pero hoy es el día en que voy a acercarme para declararle mi amor.
- ¿Y cómo es eso? – quiso saber el caballero sorprendido -. En verdad que es bella como una ninfa. ¿Cuál es la historia que os une a ella?
En breves palabras el muchacho comenzó a relatar cómo la había visto bañándose en el lago por primera vez, y como después había depositado ramos de flores a diario sobre la piedra. Le habló de cómo había aprendido cuales eran las flores favoritas de la muchacha, y de cómo había descubierto a qué horas acudía a aquel lugar. Le contó también los motivos por los que nunca se había atrevido a hablarle, y, finalmente, le relató la discusión que había presenciado por casualidad en la cabaña del guardabosques.
- De modo que ella ignora que durante todo este tiempo vos habéis estado depositando esas ofrendas sobre las rocas ¿no es cierto? – preguntó el caballero.
- Así es, mi señor. Pero hoy me acercaré a ella y le contaré…
La frase del pastor murió antes de terminar, en el mismo momento en que la espada del caballero atravesaba el pecho del muchacho con certera puntería y letal velocidad. El corazón partido por la afilada hoja de acero, dejó de latir al instante, y el cuerpo sin vida del muchacho enamorado cayó al suelo sin hacer ruido alguno.
El caballero envainó la espada y miró al cuerpo del pastor sin compasión.
- No pienses que he sido cruel – dijo hablando para el cuerpo inerte -, pues lo único que he hecho ha sido conservar puro tu amor, antes de que el contacto con la realidad lo mancille. Las mujeres son criaturas infantiles y egoístas por naturaleza, caprichosas y engreídas. En cuanto ella se diera cuenta de cuánto la amas, habría sabido que tenía a su merced y te habría manejado a su antojo. No, amigo pastor, lo que te he hecho no ha sido un daño, si no un favor. Pero no creas que todos tus esfuerzos han caído en saco roto – añadió inclinándose para recoger el ramo de flores que ahora estaba abandonado en el suelo, cerca de las manos del joven -, pues yo hablaré a tu hermosa ninfa y recogeré los frutos que has sembrado. Muchas gracias, joven pastor.
Dejando el cuerpo del muchacho tirado entre el follaje, el caballero comenzó a bajar por el camino que llevaba al lago, para encontrarse con Victoria y confesarle, como si fueran suyos, los actos de amor de su admirador.
Así fue como se materializó la maldición de la bruja. Por la belleza de Victoria, el caballero forastero mató al pastor. Por su belleza, la joven jamás llegó a conocer a su verdadero amor.
La maldición de Victoria (7)
28 oct 2008 Dejar un comentario
in Victoria Etiquetas: bruja, cuento, hadas, maldición
Lo que María no sabía era que, junto a la tela de aquel vestido, se había roto algo más profundo en el interior de Victoria. Cómo si le hubiesen partido el alma en dos, se sintió morir en aquel mismo instante. De repente ya no podía continuar en el interior de la casa con sus padres, así que abrió la puerta, salió al bosque y corrió y corrió sin saber donde iba.
Tan fuerte había sido la discusión, que el ruido de las voces traspasó las paredes de madera de la cabaña del guardabosques, y las palabras llegaron a los oídos del pastor, que en aquel momento pasaba cerca, de camino a los pastos. No era casualidad, puesto que se había acostumbrado a rondar a escondidas los lugares que frecuentaba la muchacha, con cualquier escusa. Al escuchar una discusión acalorada, se acercó por si era necesaria su ayuda, y así fue como se enteró de la verdad sobre el secreto de Victoria.
Cuando la muchacha salió corriendo, el pastor abandonó a su rebaño sin pensar, y la persiguió a través del bosque, hasta que, en pos de ella, llegó al lago. Como es lógico, aquel día aun no había tenido la oportunidad de dejar el ramo de flores, pero lo llevaba casi terminado en sus manos. Entonces se dijo que había llegado el momento de acercarse a hablar con la muchacha y contarle que la amaba desde el primer día que la conoció.
Más, en lugar de acercarse de inmediato, el muchacho se quedó extasiado contemplando a Victoria, más bella que nunca en su tristeza, mientras ensayaba mentalmente las palabras que le diría y cómo explicaría el no haber tenido valor suficiente para hablarle directamente.
Justo cuando por fin se había decidido, el piafar de un caballo lo sacó de sus pensamientos. Temeroso de que el padre de Victoria hubiese dado con ellos y le impidiese declarar su amor a la joven, el pastor se volvió sobresaltado. Afortunadamente no era el padre de Victoria, si no un caballero noble, forastero, vestido con polvorientas ropas de viaje, y aspecto de estar perdido.
- ¡Por fin encuentro a un alma a la que preguntar cómo salir de este bosque! – exclamó el caballero, acercándose con su caballo hacia donde se encontraba el pastor.
- Bienhallado, mi señor – respondió el muchacho humildemente -. ¿Puedo ayudaros en algo?
- Espero que sí, por mi propio bien. Llevo un día entero en este bosque, y creo que ya es la tercera vez que paso junto a este lugar. Si fuerais tan amable de guiarme hasta el camino m s cercano y decirme donde estoy, os estaría muy agradecido.
El muchacho miró hacia donde se encontraba Victoria, y supo que no podía guiar al caballero hasta la linde del bosque. Sin embargo, tampoco podía dejar de ayudarlo, de modo que decidió explicar la situación al desconocido.
La madición de Victoria (6)
06 oct 2008 Dejar un comentario
in Victoria Etiquetas: bruja, cuento, hadas, maldición
Un día decidió que ya no podía soportarlo más y, a escondidas, comenzó a coser un vestido. Una vez que lo tuvo finalizado, se dirigió a sus padres con las siguientes palabras:
- Para la fiesta de la Primavera, me vestiré de mujer – anunció después del desayuno.
- No digas tonterías, hijo – respondió su padre con voz grave -. Sabes que eso no puede ser. Además, no tienes ningún vestido.
- Sí que tengo – dijo ella desafiante -, lo he estado cosiendo a escondidas y lo guardo bajo mi colchón.
- ¿Cosiendo un vestido? ¿Tú? – preguntó su madre con tono burlón -. Tú no sabes coser, nunca te he enseñado. Seguro que tu vestido será feo y estará mal hecho. Te convertirás en el hazmerreir de todos los del pueblo. ¿Eso es lo que quieres? ¿Que todos se burlen de ti?
- ¡No es feo, ni está mal cosido! – protestó Victoria, que no estaba dispuesta a dejarse amedrentar – ¡Os lo demostraré!
De un salto se levantó de la mesa y fue hasta su habitación, de donde regresó llevando el vestido que ella misma había hecho para que lo examinara su madre.
La madre cogió la prenda como si se tratase de algún tipo de reptil venenoso, con una expresión de miedo y asco en los ojos, y comenzó a revisar las costuras. Era cierto que las puntadas eran irregulares, y las costuras estaban ejecutadas de manera infantil, pero el resultado era perfecto en forma y aspecto, y cualquier mujer podría lucirlo sin avergonzarse. En su mente se dibujó la imagen de Victoria vestida de aquella manera, y supo que estaría tan bonita que nadie podría quitarle los ojos de encima. Por un instante, una fracción de segundo, se sintió orgullosa de su hija. Y entonces las palabras de la bruja, resonaron en sus oídos: “su belleza ser su maldición”.
Atemorizada por el mal que podría caer sobre Victoria, la madre hizo lo único que podía hacer en aquel momento: rasgar la tela y destrozar el vestido. Tenía que impedir como fuera que el vaticinio de la bruja se cumpliese. Tan sólo deseaba lo mejor para su niña.
La maldición de Victoria (5)
26 sep 2008 Dejar un comentario
in Victoria Etiquetas: bruja, cuento, hadas, maldición
Pasó un año completo de esta manera, a lo largo del cual el pastor nunca se atrevió a acercarse a la doncella de sus sueños, y Victoria jamás logró descubrir la identidad del hombre que la espiaba desde la distancia. En más de una ocasión había pensado el muchacho en acercarse a ella y hablarle de amor, pero siempre se había arrepentido, pues la joven insistía en mantener su identidad masculina ante todos los que la conocían. ¿Y si se acercaba a ella y lo rechazaba? ¿Y si se burlaba de él y lo despreciaba? Era incapaz de prever como sería la reacción de una mujer que se aparecía ante los demás como hombre, pero de lo que sí estaba seguro era de que, si le rechazaba, la vida ya no tendría sentido.
No podía el pastor imaginar cuan equivocado estaba. Los presentes que dejaba para Victoria hacían soñar a la muchacha. Ella que por designio del destino se había visto abocada a ocultar su femineidad bajo una apariencia que no le correspondía, sentía vibrar el corazón cada vez que trataba de imaginar cómo sería el hombre que en secreto le regalaba flores. ¿Sería alto? ¿Sería apuesto? ¿Serían sus manos fuertes y su mirada clara? En su imaginación le ponía mil rostros y mil nombres, y se preguntaba por qué no se daba a conocer. A lo mejor era viejo, o muy feo, incluso deforme. Se imaginaba miles de defectos terribles que podría tener el desconocido, y descubría que ninguno de ellos le importaba, porque alguien que se había tomado la molestia de llevarle cada día flores, por fuerza debía tener buen corazón.
Estas fantasías de amor de Victoria se convirtieron en su fuerza cuando, día a día, tenía que mostrarse ante los demás como Víctor. ¡Como envidiaba a las chicas del pueblo, que se ceñían los vestidos a la cintura y adornaban sus cabellos con guirnaldas de flores en el día de la primavera! ¡Cómo las admiraban todos y sonreían a su paso! ¡Que afortunadas eran, y que poco lo sabían! Pero Victoria, la más bella de todas, la que las eclipsaría sin remedio, tenía que mantenerse oculta, vistiendo prendas de varón.
La maldición de Victoria (4)
15 sep 2008 Dejar un comentario
in Victoria Etiquetas: Cuento; hadas; bruja; maldición
Aquella noche el pastor no pudo conciliar el sueño, pues no hacía más que pensar una y otra vez en Victoria, y en que deseaba volver a verla al día siguiente, y al siguiente, y todos los días de su vida. Si tan sólo hubiese estado seguro de que podría volver a contemplarla aunque fuera durante unos instantes, se habría tenido por el más dichoso de los hombres.
A la mañana siguiente, cuando salió a llevar a pastar a su rebaño, fue recogiendo de la linde del camino las flores que más le gustaban. Amapolas rojo sangre, modestas margaritas, y, del jardín de una vecina, robó rosas naranjas y amarillas. Una vez que estuvo satisfecho con su recolección, y las ató las flores con un trozo de cuerda negra.
En lugar de dirigirse a los pastos que solía frecuentar, fue hacia el lago de Victoria y sobre una piedra plana en la que había visto que la muchacha colocaba sus ropas, depositó el ramo de flores. Después llevó a sus animales a los prados donde solían pastar.
Al llegar la tarde, más o menos a la misma hora que el día anterior, el pastor abandonó sus cabras, confiando en el buen criterio de su perro para velar por ellas, y fue hasta el lago deseando volver a tener la oportunidad de espiar a la joven en su baño. Sin embargo, para su desesperación, en aquella ocasión, el paraje estaba vacío.
- Tal vez – se dijo – llegue hoy un poco más tarde – y, sentándose en el suelo se dispuso a esperar, ya completamente olvidado de los animales a su cargo.
El tiempo pasó y el pastor estaba ya a punto de darse por vencido cuando en la parte baja del lago, cerca de la superficie del agua, apareció la figura alta y estilizada de Victoria. La muchacha había llegado en completo silencio, como siempre, y comenzaba a despojarse de las ropas, ignorante de que estaba siendo observada.
Sólo cuando fue a depositar las ropas sobre la piedra plana descubrió la muchacha el ramo de flores silvestres que le había dejado el pastor. Sobresaltada al descubrir que alguien más frecuentaba el lugar, se tapó torpemente con las prendas que se había quitado, y levantó la cabeza, mirando a su alrededor en busca de quién había dejado aquel regalo. Sin embargo, el pastor también estaba acostumbrado a moverse entre los bosques, y hábilmente se ocultó de la mirada de la muchacha, quién, tras investigar un poco más en los alrededores terminó convenciéndose de que estaba sola, y decidió continuar con su ritual de baño cotidiano.
Aquella noche, ni Victoria ni el pastor pudieron conciliar el sueño. Ella se preguntaba quién le habría dejado el ramo de flores, pues no dudaba que eran para ella. Él no podía creer en su suerte por haberla vuelto a ver.
La maldición de Victoria (3)
15 sep 2008 Dejar un comentario
in Victoria Etiquetas: Cuento; hadas; bruja; maldición
Pasaron los años y Victoria fue creciendo para convertirse en una niña cada vez más bonita. Día a día, sus padres la observaban llenos de orgullo, pero junto a aquel sentimiento, crecía también una sensación de temor por su seguridad. Sin hablarlo, casi sin proponérselo, empezaron a criarla como a un chico, cortando sus cabellos del color del fuego y vistiéndola como a un muchacho.
Era muy poco el contacto que la familia del guardabosques mantenía con el poblado más próximo, pues no estaba cercano. Sin embargo, todos los que allí conocían a la familia, tenían a Victoria por un joven, y le llamaban Victor.
Como si quisiera confirmar la maldición de la bruja, la belleza de Victoria aumentaba día a día, a pesar de las precauciones de sus padres por disimularla. Su cuerpo, joven y flexible, se movía con destreza y agilidad felinas. Acostumbrada a la caza y la pesca, se desplazaba entre los bosques en total sigilo y se movía con rapidez. Sus ojos, del color de las esmeraldas, reflejaban los paisajes verdes del bosque y los hacían palidecer en comparación, y su sonrisa era capaz de deshelar los ríos en lo más profundo del invierno.
Tenía Victoria la costumbre de ir a bañarse a un lago que se encontraba aprisionado entre dos altas montañas que caían sobre él como cortadas a cuchillo. Nadie más que ella y las criaturas del bosque frecuentaban ese lugar, y allí, en aquel santuario de soledad, desnudaba su cuerpo bajo el sol y se permitía ser ella misma.
Quiso la casualidad que, un buen día, un pastor de cuyo rebaño había escapado una cabra, encontrase por casualidad el lago mientras buscaba al animal. Y tal vez fue cosa del destino que llegase justo cuando Victoria, desnuda, se disponía a adentrarse en las aguas transparentes, como una ninfa descuidada.
El pastor quedó deslumbrado por el cuerpo de la muchacha, a la que tardó unos instantes en identificar como a Victor, el hijo del guardabosques. Confundido, se preguntó por qué misteriosa razón la chica ocultaría su verdadero sexo ante los demás, y no logró darse una explicación. Tampoco logró apartar los ojos de ella – a pesar de que sabía que hacía mal espiándola a hurtadillas -, hasta que, dando por finalizado el baño, Victoria recuperó sus ropas y se internó entre la espesura del bosque para perderse de vista.
La maldición de Victoria (2)
15 sep 2008 Dejar un comentario
in Victoria Etiquetas: Cuento; hadas; bruja; maldición
Benito y María se miraron, pero una nueva contracción interrumpió el momento.
- Vos, calentad agua – ordenó la anciana a Benito, aceptando el gruñido de dolor de María como un sí -, y vos, decidme cuanto hace que habéis roto aguas y como de seguidas os llegan las contracciones.
De manera natural, sin discusión ninguna, la anciana se hizo cargo de la situación a lo largo de las horas que duró el alumbramiento, hasta que, finalmente, la criatura recién nacida se encontró descansando en brazos de su madre. Después, con la ayuda de Benito, la improvisada comadrona se encargó de recoger las sábanas ensangrentadas, adecentó la estancia y se hizo cargo de la placenta.
- Mañana Benito irá a enterrarla – dijo María al ver que la anciana guardaba los restos con cuidado en una bolsa de cuero-. No es necesario que os molestéis por eso.
- No es molestia, hija mía – respondió la vieja con una sonrisa desdentada -. En realidad, quisiera que me permitieseis a mí deshacerme de estos despojos que ya para nada os sirven.
María miró con desconfianza a la mujer, mientras su esposo fruncía el ceño.
- Ha dicho que mañana la enterraré, y así será – aseguró Benito. No sabía por qué, pero de repente recelaba de las intenciones de la desconocida que se había presentado tan oportunamente en su casa.
La anciana hizo una mueca parecida a una sonrisa.
- Que poco agradecimiento queda ya entre los hombres. Vengo en mitad de esta noche de tempestad para ayudaros a traer al mundo una criatura, y como pago a mi buena obra tan sólo os pido que me entreguéis unos despojos que para nada son de utilidad. ¿Seréis capaces de negarme tan exigua recompensa?
- ¡Nadie os pidió que vinieseis! – exclamó María en ese momento, abrazando en un gesto instintivo de protección – ¡No queremos saber nada de vuestras brujerías, pues sin duda para eso es para lo que queréis los restos de este alumbramiento!
- ¡Bruja me llamáis! – Gritó a su vez la anciana -¡Pues bien, me marcho de esta casa si eso es lo que queréis! Pero antes de irme, habéis de saber que, de no haber estado yo aquí, vuestra hija hubiese muerto en el parto. Me debe la vida, y pienso cobrarme el precio – y apuntando al bebé con su dedo índice, retorcido como un sarmiento, declaro -. Tú, Victoria, hija de María y Benito. Desde el día de hoy, hagas lo que hagas, tu belleza será tu maldición.
Y sin más, la mujer abrió la puerta y regresó a la fría noche, ignorando la abundante nevada que ya había empezado a caer. Sin pronunciar palabra, Benito cerró la puerta y la atrancó con un madero. Luego se tumbó junto a su esposa y la abrazó.
- No hagas caso de las palabras de esa mujer. Sólo mira a nuestra preciosa niña y dime si al verla no te sientes tan dichosa como yo.
- Sí, es preciosa – confirmó María, observando a la niña con ternura.
Pero las palabras de la bruja planeaban en silencio sobre sus cabezas, como un pájaro de mal agüero, empañando su felicidad.