Las lágrimas de la ninfa (6)

Despertó cuando el sol comenzó a filtrarse entre las hojas del árbol bajo el que se había guarecido y comenzó a caerle sobre los ojos.

Se frotó los ojos para aclararse la vista, y bostezó. Al instante se sobresaltó, pues escuchó un gruñido profundo y gutural que venía de muy cerca. Instantes más tarde se dió cuenta de que no se trataba de ninguna bestia, sino de su propia voz. Inmediatamente se miró las manos y las vió grandes, con algo de vello en el dorso. Su mirada recorrió a continuación los brazos, anteriormente finos y suaves, y ahora grandes y recubiertos de pelo por todas partes. ¡Hasta en la cara interna del antebrazo!

Miró hacia abajo, palpándose el cuerpo. Definitivamente, era diferente. Había cambiado… El hechizo de la dríade había surtido su efecto y ahora era un hombre.

Al verse dentro de aquel cuerpo grande, torpe, sin rastro alguno de gracia o sutileza, estuvo a punto de echarse a llorar. Por suerte, recordó justo a tiempo que ya nunca más podría derramar una lágrima y que, además, eso era lo que ella había querido. Ahora podía cumplir su sueño y tener hijos. El precio a pagar era alto, pero merecía la pena. Ahora no podía arrepentirse ni detenerse a pensar en lo que había hecho. Tan sólo podía continuar hacia adelante y hacer que su sacrificio mereciera la pena.

Lo primero era saciar el hambre y la sed. Los humanos no lo sentían como las ninfas, y estaba claro que ya nunca más iba a poder alimentarse del rocío y la luz de la luna. Por suerte, muy cerca de allí había un río, por lo que el asunto de la sed iba a ser fácil de solucionar.

Caminó hasta la rivera, pero antes de inclinarse a beber, se detuvo a observar su reflejo en el agua. ¡Que extraño! Era como si estuviese viendo a su hermano, en lugar de a si misma… a si mismo. Debía acostumbrarse a pensar que ahora era un hombre y actuar como tal.

Los rasgos de su rostro no eran tan bastos como creía que serían, aunque al pasar la mano notó el tacto áspero de la barba incipiente. La nariz era demasiado grande, y las facciones, demasiado duras. Pero seguía siendo la misma persona. Nada en su interior había cambiado, y nada en su exterior cambiaría en el futuro. Ese era el que ahora era. No tenía sentido darle más vueltas al asunto.

Una vez saciada la sed y la curiosidad, comenzó a preocuparse por calmar el hambre. No tenía muy claro como lo hacían los humanos, aunque los había visto en brutales cacería, y también, a lo lejos, abriendo la tierra con herramientas de hierro para hacer crecer las plantas adecuadas o alimentando animales que, por algún motivo, aunque vivían privados de libertad, no parecían insatisfechos.

Lo mejor sería caminar hasta encontrar a algunos humanos de los que aprender. Esa era la clave de la cuestión, aprender a comportarse como un humano. Y, como cualquier otro animal, seguramente los humanos intentaban establecerse cerca de las fuentes de agua, por lo que, probablemente, no tendría más que seguir el río para dar con algún asentamiento.

No se equivocaba. Hacia el medio día localizó una pequeña aldea construida con casas de paredes y techos de abobe encalado. ¿Y ahora qué debía hacer? Puesto que no lo sabía muy bien, decidió preguntar a la primera persona que encontrase.

Quiso la casualidad que fuese una muchacha joven, de unos dieciocho años, de cabellos oscuros y mirada bondadosa. Juliama… perdón… Julián no pudo evitar mirar con envidia su rostro suave, sin rastro de barba, la cintura estrecha, los movimientos gráciles… todo aquello que él no iba a tener de nuevo.

Tras un momento de duda, se sobrepuso y se acercó a ella.

Las lágrimas de la ninfa (5)

Si Juliama no hubiese decidido tener hijos aunque fuese al precio de dejar de ser una ninfa para transformarse en un varón humano, no tendría sentido contar esta historia, de modo que a nadie sorprenderá si digo que, en efecto, eso fue lo que hizo.

Escoger un nuevo nombre le llevó tres días, pues era una decisión difícil. No había ningún nombre de varón humano que le gustase, y el que finalmente eligiese iba a ser su nombre para todo lo que le quedase de vida. Finalmente se decidió por lo más parecido y fácil: Julián.

El día que abandonó el bosque, no se despidió de sus hermanas. No hizo nada especial, ni una fiesta, ni una poesía, ni ir a cantar con sus mejores amigas. Ni siquiera hizo equipaje, pues pensó que cuantas menos cosas llevase de su hogar, menor sería la añoranza.

- Cuando tenga mi nueva vida, olvidaré todo lo demás – se decía. Y al pensar en la dicha de tener hijos, aunque no fuesen de su vientre, se llenaba de dicha y se convencía de que todo iría bien.

De este modo, llena tan solo de sueños, y también de una gran inquietud, alcanzó la linde del bosque en el ocaso. Cuando el sol comenzó a ocultarse tras las montañas, cerró los ojos apretando los párpados tanto como pudo, y deseó con todas sus fuerzas convertirse en un varón humano para poder tener hijos. Recordando las instrucciones de la dríade, pronunció tres veces su nuevo nombre:

- Julián, Julián, Julián…

Cuando abrió de nuevo los ojos, esperaba haber experimentado algún tipo de cambio, pero no, todo seguía igual. Entonces recordó que debía abandonar el bosque durante la noche, y que no vería el cambio hasta la próxima vez que despertase.

¿Cómo iba a dormir, después de lo que acababa de hacer? En aquel momento aún estaba en la linde del bosque. Si retrocedía caminando sobre sus pasos ¿se desharía el sortilegio? Pero mientras pensaba todo esto con la cabeza, sus pies ya se habían puesto a caminar siguiendo los dictados del corazón, cuya fuerza en ocasiones se vuelve incontrolable y no atiende a razones de ningún tipo.

Juliama, ahora llamada Julián, caminó sin rumbo, alejándose más y más del lugar en el que había nacido y crecido, del lugar en el que había llorado tantas veces. Caminó bajo la cada vez más tenue luz del ocaso, y luego bajo la luz, aún más tenue, de la luna y las estrellas. Encontró un camino humano, como una vena artificial que cruzaba la tierra y lo siguió, sintiendo bajo sus pies la tierra desnuda, en la que la hierba y la vida había sido aplastada por el paso de los carros y los animales domésticos.

Caminó alejándose de su vida anterior, bella y mágica, para adentrarse en el mundo rudo de los humanos, donde esperaba encontrar un nuevo hogar… Y caminó hasta caer rendida por el sueño, mucho antes del amanecer.

Las lágrimas de la ninfa (4)

La ninfa se quedó perpleja. Esperaba que la obligaran a ofrecer a su primogénito, o a peregrinar a algún lugar mágico una vez al año, o a guardar para siempre el secreto, pero de ninguna manera había esperado que se le prohibiese llorar.

- No lo entiendo – dijo – ¿Por qué no se me permite llorar?

- Oh, bueno, es una ley de la magia- explicó la dríade, encogiéndose de hombros -. Tus lágrimas me trajeron aquí y son la causa de que el Bosque se ofrezca a hacer magia por ti, y tus lágrimas, si se repitan, finalizarán el conjuro. Queremos que seas feliz y no vuelvas a llorar, de modo que, si lo haces, todo habrá sido en vano, y la magia se desvanecerá.

- ¿Volvería a ser una ninfa entonces?

- No, como te he dicho, no hay vuelta atrás. Si tomas este camino, eso ya no lo será nunca más.

Juliama tenía más preguntas, y se disponía a hacerlas, pero en ese momento la dríade, que ya se sentía exhausta de tanto hablar, decidió que ya había hacho todo lo que estaba en su mano por ayudarla, y regresó al interior de su árbol, desapareciendo sin más.

Los días siguientes fueron muy duros para Juliama, pues la decisión a la que se había de enfrentar no era cosa fácil. ¿Merecería la pena renunciar a ser una ninfa con tal que ver cumplido su sueño? ¿Tendría valor para abandonar su bosque? Y, aunque finalmente decidiese transformarse en varón ¿Podría encontrar a una mujer con la que formar una familia?

Muchas veces regresó junto al árbol de la dríade para regarlo, esta vez con agua del río, pero el espíritu nunca se le apareció de nuevo para darle consejo, y la ninfa seguía sin saber qué hacer.

Pero al comenzar el otoño y ver como la naturaleza volvía a abrirse con la llegada de las lluvias, al tiempo que se replegaba sobre si misma para preparar el invierno, Juliama tomó su decisión.

Las lágrimas de la ninfa (3)

Llegados a este punto, es necesario aclarar que todas las ninfas son hembras, al igual que lo son las dríades. Las dríades, como ya se ha visto, nacen cuando nacen los árboles en los que moran. Las ninfas, en cambio, nacen de los suspiros de los enamorados, y es por ello que siempre son amables y felices. Ni unas ni otras sienten, por lo general, deseos de tener descendientes, lo cual es bueno para ellas, puesto que se trata de algo imposible.
- ¿Comprendes ahora por qué lloro? – preguntó Juliama, que se sentía aliviada al ver que la dríade no se mofaba de su necedad.
- Sí.

Sin más comentarios, el espíritu del árbol se sentó junto a Juliama, cerró los ojos, y quedó completamente inmóvil, como si de pronto ya no estuviese allí. Juliama guardó silencio pacientemente, sin saber muy bien qué hacer, hasta que, minutos después, su interlocutora volvió a la vida.

- Las ninfas no tienen hijos, porque son todas hembras – sentenció la dríade, como un profesor que imparte un clase magistral – pero – añadió mirando a Juliama a los ojos – si te transformases en varón y encontrases a una mujer, entonces podría cumplir tu deseo.
- ¿Una ninfa varón?
- No, un humano varón. O eres varón, o eres ninfa. No puedes ser ambas cosas a la vez. Y tampoco puedes ser humana y mujer a la vez, por si te lo estás preguntando.
- ¿Pero sí un humano varón? ¿Eso sí se puede hacer?
- Si no se pudiera, no te lo diría – respondió la ninfa con naturalidad –. He consultado con las plantas, los árboles y los elementos, y eso es lo que me han dicho. Después de todo, has salvado mi vida, así que estoy en deuda contigo.
- ¿Y es muy difícil? ¿Se necesitan ingredientes extraños a caso?
– No… nada de eso. Tan sólo debes desearlo de todo corazón. Peros se trata de una elección muy difícil, y que no tiene vuelta atrás, de modo que tienes que pensártelo muy bien. Una vez que estés segura, escoge un nuevo nombre de varón, pronúncialo tres veces a la puesta de sol, y abandona este bosque durante esa misma noche. La próxima vez que despiertes, la magia se habrá realizado. Sin embargo, hay un precio.
- ¿Un precio? ¿De qué se trata? – Juliama ya se imaginaba que aquello no podía ser tan fácil.
- No podrás volver a llorar.

Las lágrimas de la ninfa (2)


¿Qué debía hacer? ¿Demostrar su agradecimiento a la llorosa ninfa tratando de consolar sus penas? Pero si así hiciera, no volvería a beber de sus lágrimas, y quizá las lluvias de otoño no llegaran a tiempo para permitirle crecer y seguir viviendo.

Pero tampoco podía vivir de la miseria de otra criatura, pues una vida así es tan triste que no merece ser vivida. De modo que, tras unos instantes de duda, la dríade decidió abandonar su árbol durante unos minutos para hablar con aquella ninfa tan desgraciada.

Juliama se llevó un susto de muerte cuando la dríade se materializó de la nada ante ella. No es que pensara que las dríades no existiesen, pues ella misma era una criatura del bosque y las había visto en más de una ocasión, pero no se esperaba que apareciese una allí, delante de ella, justo en aquel instante, pues las dríades son de naturaleza más bien reservada, y Juliama no era consciente de haber hecho nada para que una de ellas le hablara.

- ¿Por qué lloras? – preguntó la dríade a modo de saludo. No se puede esperar mucha cortesía de ellas, pues, al fin y al cabo, pasan sus días en el interior de un árbol, viviendo a través de él, y así son felices.

Juliama miró a la ninfa detenidamente, antes de responder. Era la primera vez que alguien le preguntaba por el motivo de su tristeza, y explicar que deseaba algo que no podía tener, le hacía sentir un poco tonta.

- Es porque en mi corazón existe un vacío que no se puede llevar – respondió al fin.
- ¿Un vacío en el corazón? – preguntó la dríade sorprendida, tomando las palabras en sentido literal.
- Quiero decir – explicó Juliama – que deseo algo con tanta fuerza que no me puedo sentir completa si no lo tengo.
- Ah.

Durante unos instantes se hizo el silencio. La dríade trataba imaginar qué podría ser aquello que la ninfa anhelaba tanto que la hacía llorar hasta formar un charco. ¿Quizá fuese un buen trago de agua? Sin duda, con tanta como derramaban sus ojos, debía estar seca, y tal vez eso fuese lo que la hacía sentir que le faltaba algo por dentro. Pero no debía ser eso, pues la ninfa podía ir hasta la fuente y allí saciar su sed. ¿Qué otra cosa podía ser entonces? Al fin, cansada de tratar de adivinar la naturaleza del problema, decidió preguntarlo, aún a riesgo de parecer  ignorante.

- ¿Y por qué te sientes vacía?

Juliama volvió a dudar. Por lo que sabía, era la única ninfa con un problema como el suyo, y eso la hacía sentir realmente estúpida.

- Quisiera tener un hijo – reconoció finalmente.
- ¿Un hijo? – repitió la dríade sorprendida – Vaya, pues sí que es un problema.

Las lágrimas de la ninfa (1)

Suele ser habitual que las ninfas de los bosques lleven una vida alegre y despreocupada. Durante todo el día juegan entre las hojas de los árboles y se entretienen trenzando adornos para sus cabellos en los que entremezclan rayos de sol. En los días lluviosos, danzan entre las gotas de agua, y por las noches cantal a la luz de la luna, y duermen en cálidas moradas construidas bajo tierra, entre las raíces de los árboles.
Digo que suele ser habitual, porque esta historia versa sobre una ninfa que no era feliz. No le interesaban los juegos, ni la danza, ni cantar, pues su corazón albergaba un deseo profundo e intenso, a la par que imposible. Y la certeza de que jamás lo vería cumplido, le hacía sentir vacía.

Aquella ninfa, de nombre Juliama, solía pasar los días alejada de sus hermanas, llorando sin cesar. Y eso era exactamente lo que estaba haciendo en el momento en que comienza esta historia: derramar lágrimas, de forma tan constante y abundante, que a su alrededor la tierra ya se había empapado hasta llegar a formar un charco.

Dio la casualidad de que aquel era un caluroso día del mes de agosto. Como consecuencia de una larga y pertinaz sequía, el bosque languidecía seco y sediento, bajo el sol abrasador.

En aquel seco bosque, un pequeño arbolito, todavía no más que un frágil plantón había tenido la suerte o la desgracia de germinar la primavera anterior, y ahora el espíritu que en él vivía (pues dentro de cada árbol mora el espíritu de una ninfa), sentía como se acababan sus días de manera prematura.

Ya estaba la dríade pensando en todas las cosas que no podría hacer. No podría dar cobijo bajo sus ramas a ningún poeta, ni los enamorados grabarían sobre su tronco testimonios de amores más o menos eternos. Los niños no subirían a sus ramas, ni anidarían los pájaros, y ningún animal comería sus frutos.

Se despedía, pues, de la vida, cuando la humedad de las lágrimas de Juliama comenzó a llegar a las raíces del árbol, aliviándole la sed con una promesa de supervivencia que tal vez durase hasta las siguientes lluvias. La dríade, sorprendida y agradecida, observó a su alrededor para saber de dónde llegaba el milagro salvador, y descubrió que toda su alegría provenía de la inmensa tristeza de otro ser.

Nuevamente sin internet

No es que me haya quedado sin ideas, o me haya olvidado de este blog. Es sólo que estoy sin internet y por eso no puedo postear más que desde cybercafés o desde la casa de mis padres.

¡¡¡Pero volveré pronto!!!

La maldición de Victoria (y 8)

- ¿Veis a aquella doncella de allí? – preguntó el pastor -. Acercaos, pero con disimulo, que no os descubra, por favor.

El caballero bajó del caballo e hizo como el joven le indicaba. En seguida vio a Victoria sentada sobre la piedra plana, junto al lago.

- ¿A que es preciosa? – dijo el muchacho con ternura -. Veréis, en toda mi vida jamás he hablado con ella, pero hoy es el día en que voy a acercarme para declararle mi amor.

- ¿Y cómo es eso? – quiso saber el caballero sorprendido -. En verdad que es bella como una ninfa. ¿Cuál es la historia que os une a ella?

En breves palabras el muchacho comenzó a relatar cómo la había visto bañándose en el lago por primera vez, y como después había depositado ramos de flores a diario sobre la piedra. Le habló de cómo había aprendido cuales eran las flores favoritas de la muchacha, y de cómo había descubierto a qué horas acudía a aquel lugar. Le contó también los motivos por los que nunca se había atrevido a hablarle, y, finalmente, le relató la discusión que había presenciado por casualidad en la cabaña del guardabosques.

- De modo que ella ignora que durante todo este tiempo vos habéis estado depositando esas ofrendas sobre las rocas ¿no es cierto? – preguntó el caballero.

- Así es, mi señor. Pero hoy me acercaré a ella y le contaré…

La frase del pastor murió antes de terminar, en el mismo momento en que la espada del caballero atravesaba el pecho del muchacho con certera puntería y letal velocidad. El corazón partido por la afilada hoja de acero, dejó de latir al instante, y el cuerpo sin vida del muchacho enamorado cayó al suelo sin hacer ruido alguno.

El caballero envainó la espada y miró al cuerpo del pastor sin compasión.

- No pienses que he sido cruel – dijo hablando para el cuerpo inerte -, pues lo único que he hecho ha sido conservar puro tu amor, antes de que el contacto con la realidad lo mancille. Las mujeres son criaturas infantiles y egoístas por naturaleza, caprichosas y engreídas. En cuanto ella se diera cuenta de cuánto la amas, habría sabido que tenía a su merced y te habría manejado a su antojo. No, amigo pastor, lo que te he hecho no ha sido un daño, si no un favor. Pero no creas que todos tus esfuerzos han caído en saco roto – añadió inclinándose para recoger el ramo de flores que ahora estaba abandonado en el suelo, cerca de las manos del joven -, pues yo hablaré a tu hermosa ninfa y recogeré los frutos que has sembrado. Muchas gracias, joven pastor.

Dejando el cuerpo del muchacho tirado entre el follaje, el caballero comenzó a bajar por el camino que llevaba al lago, para encontrarse con Victoria y confesarle, como si fueran suyos, los actos de amor de su admirador.

Así fue como se materializó la maldición de la bruja. Por la belleza de Victoria, el caballero forastero mató al pastor. Por su belleza, la joven jamás llegó a conocer a su verdadero amor.

La maldición de Victoria (7)

Lo que María no sabía era que, junto a la tela de aquel vestido, se había roto algo más profundo en el interior de Victoria. Cómo si le hubiesen partido el alma en dos, se sintió morir en aquel mismo instante. De repente ya no podía continuar en el interior de la casa con sus padres, así que abrió la puerta, salió al bosque y corrió y corrió sin saber donde iba.

Tan fuerte había sido la discusión, que el ruido de las voces traspasó las paredes de madera de la cabaña del guardabosques, y las palabras llegaron a los oídos del pastor, que en aquel momento pasaba cerca, de camino a los pastos. No era casualidad, puesto que se había acostumbrado a rondar a escondidas los lugares que frecuentaba la muchacha, con cualquier escusa. Al escuchar una discusión acalorada, se acercó por si era necesaria su ayuda, y así fue como se enteró de la verdad sobre el secreto de Victoria.

Cuando la muchacha salió corriendo, el pastor abandonó a su rebaño sin pensar, y la persiguió a través del bosque, hasta que, en pos de ella, llegó al lago. Como es lógico, aquel día aun no había tenido la oportunidad de dejar el ramo de flores, pero lo llevaba casi terminado en sus manos. Entonces se dijo que había llegado el momento de acercarse a hablar con la muchacha y contarle que la amaba desde el primer día que la conoció.

Más, en lugar de acercarse de inmediato, el muchacho se quedó extasiado contemplando a Victoria, más bella que nunca en su tristeza, mientras ensayaba mentalmente las palabras que le diría y cómo explicaría el no haber tenido valor suficiente para hablarle directamente.

Justo cuando por fin se había decidido, el piafar de un caballo lo sacó de sus pensamientos. Temeroso de que el padre de Victoria hubiese dado con ellos y le impidiese declarar su amor a la joven, el pastor se volvió sobresaltado. Afortunadamente no era el padre de Victoria, si no un caballero noble, forastero, vestido con polvorientas ropas de viaje, y aspecto de estar perdido.

- ¡Por fin encuentro a un alma a la que preguntar cómo salir de este bosque! – exclamó el caballero, acercándose con su caballo hacia donde se encontraba el pastor.

- Bienhallado, mi señor – respondió el muchacho humildemente -. ¿Puedo ayudaros en algo?

- Espero que sí, por mi propio bien. Llevo un día entero en este bosque, y creo que ya es la tercera vez que paso junto a este lugar. Si fuerais tan amable de guiarme hasta el camino m s cercano y decirme donde estoy, os estaría muy agradecido.

El muchacho miró hacia donde se encontraba Victoria, y supo que no podía guiar al caballero hasta la linde del bosque. Sin embargo, tampoco podía dejar de ayudarlo, de modo que decidió explicar la situación al desconocido.

La madición de Victoria (6)

Un día decidió que ya no podía soportarlo más y, a escondidas, comenzó a coser un vestido. Una vez que lo tuvo finalizado, se dirigió a sus padres con las siguientes palabras:

- Para la fiesta de la Primavera, me vestiré de mujer – anunció después del desayuno.

- No digas tonterías, hijo – respondió su padre con voz grave -. Sabes que eso no puede ser. Además, no tienes ningún vestido.

- Sí que tengo – dijo ella desafiante -, lo he estado cosiendo a escondidas y lo guardo bajo mi colchón.

- ¿Cosiendo un vestido? ¿Tú? – preguntó su madre con tono burlón -. Tú no sabes coser, nunca te he enseñado. Seguro que tu vestido será feo y estará mal hecho. Te convertirás en el hazmerreir de todos los del pueblo. ¿Eso es lo que quieres? ¿Que todos se burlen de ti?

- ¡No es feo, ni está mal cosido! – protestó Victoria, que no estaba dispuesta a dejarse amedrentar – ¡Os lo demostraré!

De un salto se levantó de la mesa y fue hasta su habitación, de donde regresó llevando el vestido que ella misma había hecho para que lo examinara su madre.

La madre cogió la prenda como si se tratase de algún tipo de reptil venenoso, con una expresión de miedo y asco en los ojos, y comenzó a revisar las costuras. Era cierto que las puntadas eran irregulares, y las costuras estaban ejecutadas de manera infantil, pero el resultado era perfecto en forma y aspecto, y cualquier mujer podría lucirlo sin avergonzarse. En su mente se dibujó la imagen de Victoria vestida de aquella manera, y supo que estaría tan bonita que nadie podría quitarle los ojos de encima. Por un instante, una fracción de segundo, se sintió orgullosa de su hija. Y entonces las palabras de la bruja, resonaron en sus oídos: “su belleza ser  su maldición”.

Atemorizada por el mal que podría caer sobre Victoria, la madre hizo lo único que podía hacer en aquel momento: rasgar la tela y destrozar el vestido. Tenía que impedir como fuera que el vaticinio de la bruja se cumpliese. Tan sólo deseaba lo mejor para su niña.

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