La maldición de Victoria (7)

Lo que María no sabía era que, junto a la tela de aquel vestido, se había roto algo más profundo en el interior de Victoria. Cómo si le hubiesen partido el alma en dos, se sintió morir en aquel mismo instante. De repente ya no podía continuar en el interior de la casa con sus padres, así que abrió la puerta, salió al bosque y corrió y corrió sin saber donde iba.

Tan fuerte había sido la discusión, que el ruido de las voces traspasó las paredes de madera de la cabaña del guardabosques, y las palabras llegaron a los oídos del pastor, que en aquel momento pasaba cerca, de camino a los pastos. No era casualidad, puesto que se había acostumbrado a rondar a escondidas los lugares que frecuentaba la muchacha, con cualquier escusa. Al escuchar una discusión acalorada, se acercó por si era necesaria su ayuda, y así fue como se enteró de la verdad sobre el secreto de Victoria.

Cuando la muchacha salió corriendo, el pastor abandonó a su rebaño sin pensar, y la persiguió a través del bosque, hasta que, en pos de ella, llegó al lago. Como es lógico, aquel día aun no había tenido la oportunidad de dejar el ramo de flores, pero lo llevaba casi terminado en sus manos. Entonces se dijo que había llegado el momento de acercarse a hablar con la muchacha y contarle que la amaba desde el primer día que la conoció.

Más, en lugar de acercarse de inmediato, el muchacho se quedó extasiado contemplando a Victoria, más bella que nunca en su tristeza, mientras ensayaba mentalmente las palabras que le diría y cómo explicaría el no haber tenido valor suficiente para hablarle directamente.

Justo cuando por fin se había decidido, el piafar de un caballo lo sacó de sus pensamientos. Temeroso de que el padre de Victoria hubiese dado con ellos y le impidiese declarar su amor a la joven, el pastor se volvió sobresaltado. Afortunadamente no era el padre de Victoria, si no un caballero noble, forastero, vestido con polvorientas ropas de viaje, y aspecto de estar perdido.

- ¡Por fin encuentro a un alma a la que preguntar cómo salir de este bosque! – exclamó el caballero, acercándose con su caballo hacia donde se encontraba el pastor.

- Bienhallado, mi señor – respondió el muchacho humildemente -. ¿Puedo ayudaros en algo?

- Espero que sí, por mi propio bien. Llevo un día entero en este bosque, y creo que ya es la tercera vez que paso junto a este lugar. Si fuerais tan amable de guiarme hasta el camino m s cercano y decirme donde estoy, os estaría muy agradecido.

El muchacho miró hacia donde se encontraba Victoria, y supo que no podía guiar al caballero hasta la linde del bosque. Sin embargo, tampoco podía dejar de ayudarlo, de modo que decidió explicar la situación al desconocido.

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